VIVORATÁ, Pcia. de Buenos Aires.-

Muy cerca del kilómetro 359 de la Autovía 2 “Juan Manuel Fangio”, a pasos de la localidad bonaerense de Vivoratá, y apenas a 41,5 kilómetros de Mar del Plata, sobre la margen derecha aparece un monte de tupidos y añosos árboles, que con el solo acompañamiento de aves de diferentes colores, muestran una tranquera y, hacia la derecha, a unos cien metros, los restos de lo que alguna vez resultó una floreciente iglesia, y que en la actualidad son un cúmulo de paredes ajadas por el tiempo, junto a escombros y altos yuyos que no impiden ver el sitio. A pocos metros, la tranquera marca que está ubicada en una propiedad privada, que corresponde a la Estancia La Micaela. Una historia de amor entrelazada con misterios y varios interrogantes sin resolver.

Un sitio con historia
A fines del Siglo XIX, Vivoratá era un pequeño poblado donde había varios vecinos que, con espíritu agrícola-ganadero, llegaban desde el viejo mundo con la intención de ir
poblando lo que era una zona con mucho campo por explotar y poca gente en la región. Por entonces Entre los primeros pobladores se encontraban a los prominentes vecino Martín de Arenaza, José Iparraguirre, Tomás Sáchero, Francisco Nuñez, Antonio Urquiza y Eustaquio Aristizabal, entre otros.
Como en todo sitio existe un origen y muchas veces, no son los que uno generalmente puede presuponer, o no sigue por las líneas normales de construcción. En lo que se refiere estrictamente a la historia de esta que alguna vez fue una hermosa iglesia es muy particular, dado que, entre otras cosas, es una de los pocos conventos en el mundo que no lleva el nombre de una santa o santo, y tampoco hace cita a vírgenes o personalidades religiosas. Es que el nombre de la iglesia es, justamente, el de Eustaquio Aristizábal, un próspero comerciante llegado de la ciudad de Navarra, en el Reino de España, que en 1895 decidió comprar el establecimiento agro-ganadero y para demostrarle su amor, le puso el nombre de su mujer, Micaela. Así quedó en la estancia el nombre que aún lleva el sitio, donde expresamente se prohíbe el ingreso a toda persona.

 

En homenaje al esposo
Casi inmediatamente que se construye el casco de la estancia Micaela, hasta que, en 1906, Eustaquio fallece. Por eso mismo, por orden de doña Micaela Urbistondo de Aristizabal, la esposa del patrón, poco después se construyó la iglesia que lleva el nombre de Eustaquio y que asi le dio al poblado el primer convento católico que funcionó en Vivoratá. La misma se inauguró el 22 de enero de 1911. Junto a la Iglesia, también se construye un edificio anexo parroquial y una escuela, además de los nichos con el panteón familiar, ubicados en el sótano del predio de no más de una manzana de extensión.
La mujer, que con el correr de los años y gracias al bienestar conseguido, siguió con su tarea benefactora, poco después donó en Coronel Vidal, las instalaciones del colegio San Miguel y del Hospital, que también lleva el nombre de su esposo.

Muerte y ocaso
Lamentablemente, con el fallecimiento de doña Micaela, la iglesia fue perdiendo el mantenimiento y la atención requerida al quedar librada a su suerte, que quedó definitivamente sellada cuando una serie de inundaciones inundaron la zona. De todas maneras, tanto los restos de Eustaquio como de su amada Micaela, que yacían en aquel inundado sótano que funcionaba como nichos de un necrosario del convento, fueron rescatados a tiempo y recibieron el descanso final en el cementerio de Coronel Vidal.

¿Hechos misteriosos?
Se cuenta que, allá por la década de los años ´60, algunos lugareños de Vivoratá entrados en años indicaban que, durante mucho tiempo se corrió la voz de que, con elfallecimiento de su mentora Micaela y de Estaquio, quien fuera en vida su esposo, los moradores de la iglesia y de la escuela, mientras estuvieron en funcionamiento, solían por las noches escuchar voces y gritos desconocidos. Sin embargo, esa historia no pudo ser refrendada en la actualidad. Y solo queda en una potencial y enigmática anécdota.

¿Qué se ve hoy?
Poco y nada ha quedado de la bella edificación que mandó construir Micaela. Apenas paredes corroidas por el tiempo, techos semiderrumbados y sí las columnas que aún sostienen la estructura, pero que incluso pasa prácticamente inadvertida por los miles de automóviles que recorren la ruta camino a Mar del Plata. Ya en el lugar, a través de un drone, se pudo recorrer el sitio por dentro, constatándose que no hay mucho que rescatar, y poco y nada que comprobar. Aunque, como en todo sitio que alguna vez fue sagrado y hoy está en ruinas, siempre queda la posibilidad de que el misterio se mantenga vivo entre lo que queda de sus raídas paredes.

 

 

 

Un sitio con historia, que el equipo dogma-argentina se encargó de visitar, como se puede apreciar en la foto que cierra la nota.

Fuente y fotografías: www.dogma-argentina.com.ar

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