Truffaut-Hitchcock, una cita de maestros

Un documental lleva ahora a la gran pantalla la larga conversación que, durante una semana de 1962, mantuvieron el joven cineasta de la nouvelle vague y el maestro del suspense. Una lección de cine cuyo legado sigue vivo y que retrata la compleja personalidad del realizador británico y su forma de entender el cine.

Un documental lleva ahora a la gran pantalla la larga conversación que, durante una semana de 1962, mantuvieron el joven cineasta de la nouvelle vague y el maestro del suspenso. Una lección de cine cuyo legado sigue vivo y que retrata la compleja personalidad del realizador británico y su forma de entender el cine.
Después de algunos encuentros personales algo trastabillados y de trabajárselo, mediante una correspondencia constante y halagadora, en 1962 un joven François Truffaut, miembro de la nouvelle vague, logró lo que parecía imposible: que el cineasta más popular del momento le dedicara una semana de su valioso tiempo para realizar una entrevista de cincuenta horas en la que el mago del suspense respondería a un cuestionario de quinientas preguntas. Habría de servir de base a un libro, El cine según Hitchcock, que en la actualidad se reedita y desde el principio fue texto de cabecera para amantes del cine y directores en embrión. Las horas de grabación magnetofónica que se conservan de aquel encuentro son el hilo conductor del documental Hitchcock/Truffaut, que ahora llega a los cines, tras pasar por diversos festivales. En él, además, cineastas como Scorsese, Bodganovich, David Fincher u Olivier Assayas opinan sobre esta imprescindible lección de cine, más de medio siglo después. Vigente, según Kent Jones, director del Festival de Nueva York y responsable del documental, pues ambos ­“fueron cineastas innovadores y su legado resuena hasta hoy. En su charla se muestra cuánto habían reflexionado sobre este arte llevados por su amor por él”.

Todo se fraguó unos años antes, en el invierno de 1955, en Joinville, cerca de París, donde Hitchcock le daba los últimos retoques a Atrapa un ladrón, que había filmado meses antes en la Costa Azul. Hasta allí se trasladaron, con un magnetofón prestado, dos aguerridos reporteros de Cahiers du Cinema, el también cineasta Claude Chabrol y el propio Truffaut, con la intención de entrevistar al maestro. Mientras esperaban, se metieron sin querer en un estanque helado que se abrió a su paso, dejándoles tiritando y tan empapados como el aparato que habría de registrar la charla. Hitchcock relataba el incidente explicando que se acordaba de aquellos jóvenes cada vez que tintineaban en su vaso dos cubitos de hielo. Siete años después, el director francés, ya con algunas de sus grandes obras a la espalda, conseguiría sacarse aquella dolorosa espina.

“Los actores le aburrían. Llegó a decir que eran como ganado. No se entendía con los nuevos tanto como con Grant o Stewart”, explica Jones, el autor del documental

Una vez conseguido el sí del británico, Truffaut se trasladó a mediados de agosto al Beverly Hills Hotel de Los Ángeles, donde, cada mañana, la limusina de Hitchcock le recogía para acercarle a su despacho en los estudios Universal. En un cuarto contiguo, un ingeniero de sonido registraba la charla para asegurarse de que, esta vez, no habría sorpresas. Conversación a tres, con traductora, puesto que ninguno hablaba el idioma del otro. En orden cronológico, hablaron de todas las películas del que fue el primer director de cine “más estrella que ­aquellas con las que trabajaba”. Capaz de convertir su perfil, que acentuaba su sotabarba y lo esférico de su cintura –llegó a pesar 170 kilos–, en marca de fábrica, como lo fueron el es­calofriante suspense de sus filmes, la originalidad de sus tramas y la perversión con que ofrecía muslo o pechuga a su legión de fans, encandilados por el erotismo de sus rubias. El documental varía esa estructura. Jones ha preferido entresacar los aspectos más señalados de ella. Se escucha perfectamente a Hitchcock explicar que lo que le hacía feliz era “desarrollar al detalle lo que llevaba en la cabeza al iniciar la filmación o resolver un problema técnico, colocando una bombilla encendida en un vaso de leche, supuestamente envenenado, que Cary Grant lleva a la cama a su esposa enferma para, quizá, acabar con sus males para siempre, como ocurría en Sospecha”, explica el director del documental.

Una vez transcurridas las primeras jornadas de trabajo, en las que, según Truffaut, se mostró cínico, a la vez que anecdótico y divertido, floreció lo que consideró que era su verdadera personalidad: un hombre grave, analítico y profundamente autocrítico. Fue en esa segunda fase cuando explicó que los actores le aburrían; que eran como ganado, cuando Truffaut le pregunta sobre sus discrepancias con Montgomery Clift en Yoconfieso por decir: ­“Mi personaje jamás haría eso”. ­“No se entendía con las estrellas jóvenes tanto como con Grant o Stewart, pero le encantaba llenar sus películas de nombres conocidos, para que realzaran el producto”, apunta Jones.

El filme muestra la complejidad de Hitchcock. El impulso erótico que, según Jones, impregna su cine, “sobre todo Vértigo, donde un hombre trata de llenar su vacío emocional creando, a partir de una mujer corriente (Kim Novak), la de sus sueños: eligiendo su ves­tuario, peinado y modo de andar y hablar. La historia es tan retorcida que lo dice todo sobre cómo funcionaba en ese aspecto. No era apuesto, y estuvo casado con la misma mujer 54 años. Pero dejaba volar la imaginación”.

Igualmente explica, mediante un elocuente ejemplo, extraído de la película Sabotage (1935), lo que es, para él, el suspense. “Un niño viaja en un autobús con una bomba escondida en una lata de película. Él no lo sabe, pero los espectadores sí, y claro, se ponen muy nerviosos”. Puro Hitchcock. “Sus películas prueban que no era un conservador. Alguien así no filma algo tan avieso o historias como Psicosis. Tampoco era puritano o de trato gélido, como se ha escrito”. Tal es así, que, como muestra el documental, con enorme buen rollo dirige la sesión de fotos con que se remató esta semana de trabajo, explicando a Truffaut cómo debía colocarse girado y mirándole levemente por encima del hombro. “Ahí se percibe a un Hitchcock cariñoso, espontáneo, divertido y cálido”.

Cuando se produjo el encuentro referido, el director británico se encontraba en la cúspide de su carrera, tras el taquillazo de Psicosis. “Le importaba mucho agradar al público, pero también hacer historia”, ­subraya Jones. Psicosis fue estrenada antes de que dispararan a Kenne­dy, antes del aterrizaje en la Luna, antes de Vietnam. Nos estaba preparando para un cambio radical; un paso hacia una modernidad, en algunos ­aspectos, aterradora. Si la protagonista de una de Hollywood es una ladrona a la que asesinan cruelmente en una ducha a los veinte minutos de proyección, es que algo está pasando. Psicosis marcó en muchos sentidos un antes y un después, y él lo sabía”. Como explica Martin Scorsese en el filme, “lo mejor de Hitch es que descolocaba totalmente».

A su lado, esa semana, el Truffaut treintañero de Jules et Jim y Los cuatrocientos golpes aprendía del maestro que le doblaba la edad lecciones que luego pondría en práctica desde una premisa compartida: que el público paga para que, en el cine, no le cuenten su vida.

Secuencias de tres de los exitosos filmes de Hitchcock: Psicosis, Sospecha y Los pájaros

 

El lado oscuro del genio

La leyenda negra de Hitchcock se inicia en los cuarenta a su llegada a Hollywood y ya casado con Alma Reville, que durante 54 años cuidó de él. Un genio devenido exigente bon vivantobsesionado con las mujeres frías como el hielo pero de volcánico interior que reinaron en su cine, como lo hicieron en su vida. En su primer título de oro, todo giraba en torno a una apocada jovencita a la que aterrorizaba la sombra de la primera mujer de su esposo, Rebeca. Para ayudar a la casi debutante Joan Fontaine a interpretarla conspiró con el coprotagonista, Laurence Olivier, y ambos la despreciaron en público y en privado durante el rodaje, hasta convertirla en un manojo de nervios. Lo que el personaje necesitaba. Fue la primera, aunque no se arredró, repitió experiencia, y la academia premió su valentía con el Oscar a la mejor actriz por Sospecha poco después, pero, para entonces, el director ya tenía juguete nuevo. Se llamaba Ingrid Bergman y venía del país de los hielos. Si no miente la leyenda, se enamoró perdidamente de ella. En Encadenados la hizo protagonizar el beso más largo jamás visto en el que participaron tres: ella, Cary Grant y una cámara, que, como trasunto del propio director, daba vueltas a escasos centímetros de sus labios. Ella rechazó sus avances y prefirió irse a vivir con Roberto Rosselini. Superada la crisis, encontró a una nueva rubia a la que intentar moldear al detalle: Grace Kelly, recién llegada a Hollywood. Se cuenta que maestro y pupila jugaban en la intimidad a que ella se desnudaba para él en la penumbra de la ventana de enfrente; inspirándose en la más popular de sus películas. Pero le abandonó para casarse con un príncipe bajito y calvo como él y de recia figura. Desde entonces su amor-odio hacia las mujeres se hizo enfermizo. Las noticias de su seca actitud con Doris Day o Kim Novak, que nunca se reunía con él sin alguien más delante, corrían por Hollywood. Cuando, en plenaPsicosis, asesinó bajo la ducha al personaje de Janet Leigh, explicó Anthony Perkins, se quedó tan relajado como un bebé después de comer. Pero aún le quedaba un revés por sufrir. Descubrió a Tippi Hedren en un spot, la contrató, y pronto fue rechazado, de nuevo. Pero, esta vez, se lo hizo pagar. Según la actriz, durante el clímax final de Los pájaros, recibió los picotazos de decenas de aves atadas a su cuerpo por hilos invisibles, que atacaban a quien los aprisionaba. Casi perdió un ojo, y un colapso nervioso la envió al hospital. Le rompió el contrato en las narices, pero estuvo años sin volver a trabajar.

Texto de Juan Luís Álvarez

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